En el avión de vuelta Berlín-Barcelona había un montón de adolescentes alemanes camino de Calella. Los chicos eran en su mayoría de más de 1,80 y las chicas princesas rubias. Al aterrizar en el Prat y bajarnos del avión pude escuchar como un par de pasajeros españoles, de mi edad, comentaban entre ellos “¿Has visto que montón de suecas?“. Y me he acordado de este artículo de El Dominical.
“Sorry, mucho sorry“. Lo dice Alfredo Landa luciendo dudoso palmito para quitarse de encima a una hilera de rubias en bikini. Las pobres están deseando abalanzarse sobre un auténtico macho ibérico, pero el macho ibérico se hace de rogar. El lugar, la playa de Torremolinos. La película, Manolo la nuit. Hubo muchas otras, todas similares, pero pocas tan gráficas.
La llegada masiva de extranjeros forjó un poderoso mito erótico en el reprimido inconsciente colectivo nacional: el mito de la sueca, una vikinga sedienta de sexo que caía rendida ante los encantos del español recio, bajito, portador preferentemente de una sola ceja que le cruzaba la frente de parte a parte y con su bona Elosegui calada hasta las orejas. Un español de verdad, vamos, un español de los de toda la vida. El choque entre estos dos especímenes aparentemente tan alejados en la escala evolutiva, la guiri y el cateto, dio lugar a una serie de películas que no por bochornosas dejaron de proliferar: El turismo es un gran invento, Operación bikini, El abominable hombre de la Costal del Sol.”
Elena S.Nagore, M.López-Ligero, DOMINICAL EL Periódico, 14/06/2009