“He aprendido que,
como en toda evasión,
la mayor guía se encuentra
en las cenizas de los mapas.
Trataré de inventarme.
Quiero dejar de ser
un resto del pasado.”
De “La Ceniza de los Mapas“
Jose Manuel, antes de ser el más famoso poeta joven del Bajo Aragón y recorrer España recogiendo premios con camisa blanca y pantalones de vestir, tuvo un pasado de bermudas, camisetas negras y cervezas de litro.
En todos los pueblos de la Sierra había al menos tres grupos conocidos: los pequeños, que eran los niños que se pasaban el día en bicicleta, pantalón corto, jugando a la pelota y tirando piedras a los tejados; los medianos, que eran los adolescentes que ya usaban pantalón largo, que se peinaban por la noche para salir a la plaza, que tenían su propio dinero para pedir helados, pipas y refrescos, y que se juntaban con los del otro sexo con esa curiosidad del despertar sexual y el final de la inocencia; y por último estaban los grandes, que eran los que ya habían perdido la inocencia hacía tiempo, se miraban unos a otros con más deseo que curiosidad, que se emborrachaban y aparecían por la mañana tirados por algún campo, o a altas horas de la madrugada se presentaban en la plaza con un cubata en la mano, un acompañante desconocido y la espalda llena de paja.
Uno iba pasando por cada uno de los grupos con el devenir de los años. Primero era un pequeño, que se pasaba el día rayando el coche de los grandes y tirando globos de agua a los medianos que se arreglaban por la noche. Luego se pasaba a los medianos, y se perdía el tiempo frente al espejo, intentando practicar un salto imposible, inventando la historia más interesante y mirando con envidia a los grandes. Finalmente se llegaba a ser un grande, y era el tiempo de la felicidad, la primavera, el día soleado pero sin quemar, la playa azul de aguas tranquilas en las que nadar. Todo estaba permitido, los demás miraban con la envidia del que quiere ser como ellos, o con la añoranza del que sabe que eso ya le pasó y no fue eterno.
Algunos no hemos podido superar esa pérdida, pero esa es otra historia.
Con el paso de los años estos grupos se fueron perdiendo. Las nuevas generaciones pasaron de ser niños a ser mayores, crecieron más deprisa, y un día estaban matando sapos y al día siguiente ya andaban revolcándose por alguna era, o vomitando por alguna esquina. Sin pasos intermedios.
No solo cambió el modo de ver el mundo, el ritmo de crecimiento, también cambió la manera de vivir el verano y la montaña se cambió por la playa, y los pueblos se fueron vaciando.
Esta historia, este recuerdo, empieza en los últimos días de los grupos, cuando moría este estilo de vida y aún existía el respeto de la edad y los territorios estaban marcados y cada uno sabía cuál era su lugar y cuánto le faltaba para llegar al siguiente nivel.
El grupo de los grandes se estaba terminando. Juanan era el mayor del grupo de los pequeños. Yo era el mayor del grupo de los medianos. Jose Manuel y Ollas eran los más pequeños del grupo de los grandes, y de los pocos que quedaban.
Los medianos, que éramos la mayoría, estábamos divididos en tres grupos, que aún siendo amigos, íbamos cada uno por nuestro lado: Teruel, Alcañiz principalmente, que eran más familiares; Valencia, que eran más de la movida fiestera, todos tenían coche, y por lo tanto movilidad y no faltaban a ninguna fiesta por lejos que estuviera; y Barcelona, que éramos nosotros, los hippies, los de irnos a dormir a la montaña y a contemplar la luna.
Hasta aquel momento la característica del grupo Barcelona había sido beber batidos de vainilla y fantas en las fiestas, bailar toda la noche, no andar buscando a nadie con el que poder tener algún intercambio de fluidos. Se nos conocía por ir andando a todos los pueblos por caminos inventados, por acampar en los campos, y por andar siempre con un casete en las manos escuchando New Age. Éramos lo que se puede definir como sanos
Unos pocos de los pequeños, con Juanan como pastor del resto, se juntaron con nosotros. La gente estaba dejando de ir, y los grupos eran demasiado pequeños, así que había que crecer o morir. Cuando se nos unió el actualmente conocido poeta Jose Manuel, que ya escondía algún secreto dolor, y en las noches en los lavaderos se ponía triste y contaba cosas que nadie entendía, todo cambió.
Jose Manuel ostenta el honor de ser el que introdujo al grupo de Barcelona en el alcohol. Sí, el no soportaba eso de los batidos de cacao y de vainilla tomados en la barra de la plaza enfrente de una orquesta. Él era de Alcañiz, y en su tierra, en Teruel, solo bebían batidos las abuelas, las madres en estado y los niños menores de 10 años. El resto tenía que beber alcohol, de mayor o menor grado, pero al menos cerveza, que es el agua que corre por las venas de la tierra seca del interior.
Con él tuvimos nuestros primeros mareos, con él rompimos el mito de la gente sana que por la mañana iba de excursión y por la noche bailaba hasta el amanecer. Sin él, posiblemente nunca habríamos sabido beber, ni aguantar una resaca, y nos habríamos plantado en la universidad sin saber nada de nada de lo que se tiene que saber antes de ir a la universidad.
El Ollas aportó otra cosa, pero eso ya es, una vez mas, otra historia.
Lo demás es poesía.
SEIS LUSTROS
Jose Manuel Soriano
Estoy solo
nadie más
que el reflejo de mi rostro,
un polizón que el azar
ha escondido en su equipaje.Me miro en el cristal,
el vaho oculta seis lustros
y mis ojos
parecen piratas
tras su primer abordaje,
atentos,
excitados por descubrir
esa isla sin nombre
que se esconde en el mapa.Ellos no saben
que soy el trozo que buscan
y que arranqué sin pensarlo.

Ya has vuelto? Te escribo camino de Colonia. Cómo cojones has conseguido esos versos? Oye, tengo que negociar un pack de ejemplares de Las Cenizas para que me los vendas en tu librería con o sin presentación.
Cuidate torpedo.
¡¡¡Que uno cuando escribe sobre los amigos, hay que documentarse!!!!
Lo del Pack, lo intentaremos. Cuando vuelvas de Colonia contactamos. Ya estoy trabajando.
Ya (snif) he regresado.
Ya me llamarás o te llamo yo para hablar de cómo nos va la vida.
Cuidate.